Cuando el artista se coloca frente a una tela, un papel o un bloque de mármol, se inicia un diálogo muy especial: de un lado, esta el soporte que espera una respuesta un acto y, del otro, esta el artista que va a responder a aquel elaborando una obra.
El artista produce según una necesidad interior, que no se agota en una sola creación, de allí que él siga produciendo a lo largo de su vida.
Separada del artista, la obra adquiere vida propia, una independencia con respecto al ser que le había dado esa vida. La forma que contiene es la idea, que se libera del creador que la produjo y va a ser completada por el espectador.
Las posibilidades de lectura de una obra son muchas, y la comprensión e interpretación que se le otorgan están influidas por las ideas en una sociedad, en un tiempo determinado y, también, por las propias creencias que perciben de esa obra. El arte se encuentra en un presente intemporal y permanece en su decir. El lenguaje del arte vuelve presente su propia actualidad, por eso, no se agotan sus significados ni sus sentidos. Una obra de arte siempre resulta una experiencia novedosa.
Toda obra de arte es hija de su tiempo, muchas veces es madre de nuestros sentimientos. De la misma forma, cada período de la cultura produce un arte propio que no puede repetirse. El intento de revivir principios artísticos pasados puede producir, a lo sumo, obras de arte que son como un niño muerto antes de nacer.
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